16-IX-22 viernes

Acudo con incertidumbre y cierta emoción al Aula Magna de la antigua Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza donde hemos sido convocados para la celebración de las bodas de oro de mi promoción (1966-1972). Incertidumbre por una experiencia inhabitual en la vida como es reencontrarte, después de cincuenta años con    ochenta viejos compañeros (sí, literalmente ahora somos viejos), algunos de ellos amigos, en unos tiempos en que todas las ilusiones estaban permitidas a pesar del incesante acoso de los grises.

Tras entonar, todos en pie, el himno universitario por excelencia, el Gaudeamus Igitur, post jocundam juventutem, post molestam senectutem, empieza la rueda de reconocimientos (todos llevamos tarjeta de identificación), las primeras risas, los luctuosos recuerdos de los que han ido quedando en el camino (varios de ellos más que amigos), las confesiones (le susurro a la guapa del curso, hoy venerable abuela, que hablábamos mucho de ella), los aún peligrosos abrazos (¿quién piensa en pandemias en    momentos de emoción creciente?), los partes de guerra (próstatas propias y ajenas, infartillos felizmente superados, recuento de nietos, nietas en mi caso…

Y Zaragoza, la orgullosa que no altiva Cesaraugusta, sus calles, sus comercios (¡una sombrerería para el calvo!), algún cine resistente a la gentrificación (bravo, Palafox por resistir, réquiem por el    Elíseos, ¡ay!, reconvertido en hamburguesería), el inmortal «Espumosos» donde siguen sirviendo su legendaria caña con limón, el no menos mítico Tubo con sus antiguos establecimientos, como Casa Lac, emporio de las prodigiosas pencas y otras delicias gastronómicas, La Romareda donde asistiera a tantos milagros futboleros de aquellos insuperables «magníficos» Marcelino Villa y Lapetra, o de aquel volante todoterreno Violeta, el «león de Torrero», recientemente fallecido). En fin, una catarata de recuerdos imperecederos.

20-IX-22 martes

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Recién aterrizado en la isla (¡qué delicia el vuelo directo Mahón-Zaragoza con Volotea!), reanudo la lectura de Josep Anton, el libro que escribiera Salman Rushdie    hace una década y en el que relata sus tribulaciones de auto secuestrado durante estos diez años por la fetua (sentencia de muerte) de los siniestros clérigos iraníes. Releer ahora el libro cuando acaba de sufrir un atentado por «blasfemo y apóstata» que casi le cuesta la vida, es el modesto homenaje del    dietarista de ínsulas al genio literario víctima de la intolerancia.

«Debería estar muerto, pero obviamente él no lo había entendido así. Ese era el titular que todo el mundo tenía preparado, en espera del momento de publicarlo. Las necrológicas ya se habían escrito. El personaje de una tragedia, o de una tragicomedia, no tenía por qué reescribir el argumento. Y sin embargo él insistía en vivir; es más, en hablar, en abogar por su causa, en considerar que él no era el agraviador sino el agraviado».

26-IX-22 lunes

Italia, Italia, Italia… Descansamos por unos días de tómbolas tributarias en las que bajar impuestos ya no es de izquierdas para unos, mientras es la panacea económica para otros. Los impuestos son la prueba del algodón, el suero de la verdad para los diferentes partidos y volverán con fuerza ante las próximas elecciones municipales y autonómicas, esperemos que con reflexiones serias en vez de subastas demagógicas. Ahora corresponde hablar de Italia, donde la derecha radical se ha hecho con el poder de manera impecablemente democrática, entre un guirigay de manifestaciones de euforia o rasgamiento de vestiduras, según el cristal con que se mire.

Escucho en una tertulia radiofónica una diferenciación pertinente: una cosa es la ultraderecha, que sería un partido antisistema (el trumpismo, por ejemplo) y otra la derecha radical, más o menos respetuosa con las leyes y formas democráticas, aunque reticente con las europeas. Según esta tabulación, Vox estaría en la derecha radical, los fratelli de Meloni parece que también, aunque, más allá de teorizaciones, inquietan sus posturas antiinmigración, su homofobia, apenas disimulada en Hungría y Polonia, su escasa sensibilidad por los derechos de las mujeres, por la crisis climática o por la desigualdad creciente, auténticos azotes de nuestra atribulada sociedad. Radicales o ultras, las apelaciones a Dios, Patria, Rey de la señora Meloni traen demasiados recuerdos en blanco y negro. Cuando escucho hablar a un o una patriota me entran ganas de echar a correr.