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El otoño es la estación del año donde encuentro siempre gratificantes momentos de otros días ya vividos.    No hay perfume más embriagador que el que da el sotobosque cuando en lo más frondoso del inmenso pinar, la hojarasca busca la complicidad del rocío que dejó la noche o las gotas de la escarcha meona para convertirse en compost donde luego las invisibles esporas se tornarán en perfumados esclatasangs que alegrarán la mesa tras ser asados a la brasa del carbón de encina.

Los árboles caducifolios le dan permiso a las hojas para que por unos mementos puedan volar como las mariposas que anhelaban ser y fueron castigadas por su osadía, de manera que se las concedió solo tal deseo a cambio de estar muertas, dejando los árboles desnudos a la intemperie otoñal. No sé si los árboles sienten pudor de tener sus ramas sin hojas como extraños cadáveres que una botánica purga así todos los años sus vergüenzas porque sus hojas quisieron ser como las mariposas. Digo yo que deben ser cosas que pasan, como cuando a Arquímedes le dio por pensar y llegó de esta suerte a la conclusión, aunque nunca lo dijo, que el volumen desalojado por un barco es igual al de las almas de su tripulación.

Ponerse a pensar, como hizo el ilustre griego, puede ser muy relajante, pero hay que tener cuidado porque podemos ser castigados si vamos más allá de lo que hasta esos momentos permanecía oculto. Sin querer ir yo más lejos, contaré a qué conclusión llegué el otro día estando sentado con mi perrita Lluna debajo de una encina, contemplando cómo un arrendajo de canto garrulo hacía viajes de bellotas para su despensa de un invierno ya cercano. De pronto llegó otro arrendajo, desatándose a picotazos una encarnizada batalla. Entonces pensé: si Dios hubiera hecho el mundo de oro, mataríamos por un puñado de tierra.

Como Pablo Casado, quien en eso de tener la suerte gafada, diríase que se lo ha mirado un tuerto, si no, no se explica con las de iglesias que hay en España y va y se mete en una donde se decía una misa por Franco. Si fuera cierto eso de que entró ignorando para quién se celebraba la misa, jamás tuvo que haber dicho que se había equivocado de iglesia y de misa porque eso no hay cristiano que se lo crea. Hay algunos personajes que se comportan en su paseo por la política como la tía Gravina «que no sabe si mea o si orina». Y así estamos el personal en un sinvivir preocupados por qué será lo próximo. Mire usted señor Casado, la dignidad es como las matemáticas, todo lo que no es correcto, está mal. Como esa extraña maniobra de cuando para sentirse feliz se necesita cambiar de residencia; puede que lo que se necesita sea cambiar de sentimientos. Conviene saber que el peor paso de la ignorancia es presumir de saber lo que se ignora. Claro que la verdad insulsa es, en la mayoría de los casos, una verdad sin interés. Terrible dilema cuando una verdad así se enfrente a una falsedad emocionante. Hemos creado media docena de vacunas para intentar ponerle freno a la covid-19 pero no somos capaces de encontrar una vacuna, una sola, que sirva para erradicar la vulgaridad, que en política no es precisamente un mal menor.