¿Cómo están queridos lectores? Deseo que lo mejor posible porque la cosa se está poniendo más peligrosa que un combate de taekwondo sin coquilla. Espero, por lo menos, que nadie salte con la gilipollez de hace un año y nos sermonee con un «hay que salvar la Navidad», porque de esa tontería se pasaría a la escalofriante «de esta saldremos mejores» y nos entraría a todos una mala hostia que no aportaría nada bueno al clima de crispación que ya tenemos. Vivimos tiempos de eslóganes chorras, y además hace frío y el cielo está gris, y por más listos que nos creamos la naturaleza sigue mandando y no tenemos el mismo ánimo con un sol radiante que con un día encapotado.

No me extraña, por lo tanto, que cuando le preguntas a casi cualquier persona ¿cómo estás?, las repuestas en muchas ocasiones sean: «bien pero cansado», «cansadito pero ahí estamos», «agotado, pero hay que seguir, no hay otra», «harto de todo, pero vamos haciendo». Veo cansancio, mucho cansancio, y no les voy a mentir, no solo lo veo, también lo siento. Es un rara avis encontrarte estos días con alguien que este dinámico, ilusionado, sobrado de energía, con miles de proyectos en la cabeza y con ganas de comerse el mundo a bocaditos, que hable con entusiasmo de alguna cosa, y que lo haga sin estar puesto hasta las cejas con alguna sustancia sicotrópica, eso sería hacer trampas porque al día siguiente él será el más fatigado de todos.

Que estos no son los felices veinte ya está más que claro, pero como está más que claro que el deseo es el motor del mundo. «Solo hay una forma de retrasar el envejecimiento, permanecer en la dinámica del deseo», ha escrito el filosofo Pascal Brucker en su último libro «Un instante eterno». Y obviamente Pascal no se refiere a los deseos inoculados para gastar pasta en el Black Friday - vaya turra insoportable que nos han dado- , sino a los deseo por continuar sintiendo curiosidad, ganas de aprender o reaprender, deseo por escuchar y ser escuchado, deseo por tocar y ser tocados, por vivir y ser vividos por los otros; y todo eso sin mensajitos melifluos en tazas horteras de café.   

Al igual que es cierto que en poco la OMS acabará con todas las letras del abecedario griego a base de bautizar nuevas variantes del virus, no es menos cierto que cada día que pasa nos acerca al verano. ¿Una cosa compensa la otra? Qué va, para nada, y seguramente en verano nos estaremos quejando de lo petadas que están las playas aquí en nuestra Menorca, o de que se oye hablar más francés que catalán o castellano -los herederos de la Liberté, égalité, fraternité se han comprado otro hotelito en el centro de Ciutadella, otro más- , o de que parece mentira que los cayetanos y las cayetanas hayan ido a colegios privados y sean tan mal educados pidiendo las cosas, vale que dejan pasta, bien por eso, pero si le sumas educación y cortesía pues ya perfecto, hay personas para servirles, no sirvientes para aguantarlos (toma ya, eslogan chorra que me ha salido, será la influencia de nuestros tiempos).

Pues bien, aunque en verano nos quejemos de todo eso y mucho más, nos dará el solecito en la cara y la vitamina D nos vendrá de maravillas para mantener lejos fantasmas depresivos y demás mierdas mentales que tanta pupita nos hacen a nosotros y tan ricas hacen a las farmacéuticas. Y mientras tanto sigamos cuidando el deseo como dice mesie Brucker, que aunque parisino y seguramente cayetano, creo que tiene razón; ahora bien, que cada cual lo haga a su manera. Feliz jueves.

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