Era condescendiente en todo menos en las calificaciones escolares. Ahí se mostraba inflexible y por eso a mi padre, como a muchos progenitores de su generación nacidos poco antes de la Guerra Civil, les deben tantos hombres y mujeres de hoy, en gran parte, la formación académica lograda a pesar de la presión sufrida en determinados momentos.

Esa presión no causa traumas ni empeora estadísticas negativas, es un recurso bien argumentado para estimular el esfuerzo en tu propio beneficio. También lo ha sido hasta ahora tener que acudir a los exámenes de recuperación o repetir curso si acumulas suspensos. ¿Un castigo?, quizás, pero aleccionador en la mayoría de los casos. La vida es dura.

Con el nuevo Real Decreto de Evaluación, Promoción y Titulación, esa metodología desaparece. Se eliminan las recuperaciones en la ESO, los alumnos podrán graduarse con asignaturas suspendidas, pasar de curso, e incluso presentarse a los exámenes de acceso a la universidad con una materia colgada.

Persigue el gobierno, en palabras de la ministra de Educación, Pilar Alegría, motivar con el esfuerzo y no con el castigo. Están por ver los resultados en la aplicación de esta normativa, pero de entrada supone una innegable rebaja en la exigencia y una responsabilidad para los profesores que deberán decidir si un alumno pasa o no pasa de curso pese a tener asignaturas suspendidas. Los ‘cates’ ya no serán el criterio que lo determine.

«No se trata de regalar aprobados, el objetivo no son las notas, es la educación», comentan afines a este cambio, cuando lo que debían subrayar es, en todo caso, que lo importante es aprender más que aprobar, aunque quien aprende aprueba siempre. Demasiadas facilidades hay en la adolescencia para que este nuevo sistema tan permisivo no ejerza el efecto contrario a lo que se busca. ¡Si mi padre levantara la cabeza!