Al menos que nos den unas horas más para poder servir cenas temprano». Era esa la petición desesperada de la patronal de restauración en la Isla, con la que coincidía en parte la presidenta del Consell, Susana Mora a principios de semana.

Los buenos indicadores de la disminución de la pandemia, sumados a la posición de la primera institución insular, consciente de la demanda de los castigados profesionales, han sido despreciados en Palma. La oxigenación pretendida, a la que se refería la presidenta, se va a limitar, en esencia, a la ampliación del aforo en las terrazas y de un 20 por ciento más en los interiores.

La decisión del gobierno de Armengol, en consonancia con la del Estado, ha apostado por mantener las restricciones a pesar del descenso de contagios, y eso tiene difícil encaje en esta Isla, especialmente, donde el control de la pandemia en sus puntas altas ha resultado casi siempre ejemplar. No es de extrañar la reacción furibunda contraria de la mayoría de sectores, no solo la restauración, tras conocer ayer que se mantienen los horarios del toque de queda y los de cierre de bares y restaurantes. Para más agravio aún, deberán seguir bajando la persiana durante los fines de semana y vísperas de festivos a las 18 horas.

Las limitaciones en los encuentros con los familiares o amigos no convivientes en interiores es otra de las medidas que más rechazo e incomprensión han provocado. Tanto es así que vamos a asistir a una Semana Santa agitada porque es fácil prever que habrá desafíos e incumplimientos que obligarán a la intervención de las fuerzas del orden.

Evitar la cuarta oleada del coronavirus es la obsesión de políticos y expertos por las consecuencias que tendría tanto en la salud como en la economía de las Islas. Pero es inevitable preguntarse qué sucedería en Mallorca si tuvieran la misma incidencia mínima que hay aquí. ¿Mantendría el Govern las limitaciones que pone en Menorca o cedería ante la presión de la calle?