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Es tal la envergadura que a nivel museístico ha alcanzado la Isla del Rey, que el tiempo que se le dedica en una visita rutinaria, solo permite atisbar su riqueza. Quizás sea un conglomerado heterogéneo que desde la ortodoxia sería mas correcto considerarlo coleccionismo. De lo que no cabe duda es que detrás de todos y cada uno de los objetos expuestos, hay en primer lugar una gran dosis de generosidad al aportarlos y en muchos casos un importante trabajo del voluntariado en restaurarlos.
Situados en la parte baja del edificio principal, en su ala oriental, se encuentran dos estancias abovedadas, que de no tratarse de un hospital, bien pudieran antiguas mazmorras. Sin mas luz natural que un ventanuco y una puerta y tras peregrinar por todas las ruinas del denominado edificio Lángara, han devenido en el Taller de Restauración.

Envueltos en las tinieblas empezamos su limpieza y adecuación; arañas, ratas, palomas, de forma inmisericorde fueron desalojadas de su ancestral hogar, habían llegado los okupas. Un buen día, Pedro (el electricista) exclamó «Hágase la luz» y ríanse de la eclosión china el día de la inauguración del año del Tigre, quedamos deslumbrados.

Cubrimos las paredes con paneles restos de otrora encofrados, colgamos las herramientas silueteándolas con rotulador, para que al ser devueltas resultara inequívoca su ubicación; no se lo creerán, donde la elegante y estilizada figura de una llave inglesa aparece, como ahorcado, un panzudo serrucho. En la misma pared y justo entre dos paneles cuelga una pizarra en la que impacta una inscripción anónima que reza «Mantened el desorden». Nadie se atreve a borrarla.

Son capaces de imaginarse un taller sin que en sus mugrientas paredes colgaran unos grasientos calendarios (no importa el año) con unas esplendidas mozas exhibiendo sus naturales encantos; en el nuestro, con los encantos a cubierto, tenemos a Marilyn Monroe, faltaría mas.

El espacio dedicado a almacén se identifica facilmente, un apretujado conjunto de estanterías, hijas de una misma madre y de unos cuantos padres, soportan estoicamente: pinturas, barnices, aceites, disolventes, tuercas, tornillos...un cartelito por aquí, otro por allá, proporciona un cierto aire de intriga. Sin ninguna duda la estrella del conjunto es una cajonera, donde: clavos, tacos, alcayatas, pegamentos, jeringuillas...reposan perfectamente ordenados en sus respectivos cajones rotulados, el problema estriba en que en unos cuantos el cartelito reza «Cajón de sastre», por si acaso no los abran. Pero no piensen mal, contamos con la figura de un Pañolero, oriundo del País Vasco, que domina la situación: si se le pide algo, contestación «Enseguida te lo doy», va a buscarlo, al poco, «Caray no está» (dejen volar la imaginación y sustituyan «caray» por lo que quieran y en el idioma que les de la gana).

En nuestro afán creativo, pensamos, habría de dotar al taller de un cierto alo intelectual y concluimos en dedicar un panel que sirviera para legar a la posteridad, mediante lacónicos mensajes el espíritu que nos identifica. Al poco de su inauguración apareció una escultura que lo preside intitulada «Chirrido en do sostenido menor» de autor anónimo siglo XXI y a su alrededor un abigarrado conjunto de reflexiones y pensamiento, cuyo Tuétano transporta a la Grecia Clásica. A titulo de ejemplo ahí van algunos de ellos elegidos porque quizás son los que mejor reflejan la filosofía de nuestro quehacer: Aquí como en la Legión, nada importa tu vida, ni oficio anterior, aquí lo que se valora es la voluntad que aportas. La próxima vez te saldrá mejor, no lo dudes. Si tienes dudas consulta con el compañero, pero la respuesta correcta era la que tú intuías. La máxima virtud es el trabajo, tampoco pretendas alcanzar la santidad. La jornada laboral de un Voluntario sería inconcebible sin el impás del café, mejor del carajillo, pero se parco en el chinchón, que ni guarda respeto ni se hace respetar.

Y si les queda alguna duda investiguen a los Pacos d´Lô (que hay mucho Paco suelto), a los Diegos, a los Antón, a las Victorias, a los Manus, a las Corinas, a los/as de un largo etcétera, que domingo a domingo con el corazón rebosante de alegría se preguntan «Con que carajo tendré que enfrentarme hoy»

Equipo de Restauración