El 88,8 % de la población de las Islas lleva, al menos, una dosis del suero contra la COVID. | Efe

Lejos queda el miedo colectivo de marzo de 2020 cuando, un virus desconocido se llevaba vidas por delante e inundaba de pacientes los hospitales de todo el mundo en un escenario que sólo el imaginario de Hollywood podría haberse planteado. Dos años después, con el descenso de la sexta ola, los diferentes países de Europa decidieron gripalizar la enfermedad en un proceso que implicó un cambio de gestión en las cifras y el relajo de las medidas preventivas.

Ahora, ya se sabe, el tiempo les ha dado la razón. El SARS-CoV-2 ha dejado de ser una amenaza para el grueso de la población y se ha convertido en un virus vigilado, investigado y todavía peligroso para los grupos vulnerables.

1 Evolución de la mortalidad a una situación controlada

No hay que minusvalorar a ningún microorganismo infeccioso. El SARS-CoV-2 se sigue cobrando vidas y es algo que parece que seguirá sucediendo. En Balears han fallecido 1.519 personas por esta causa, sin embargo el registro de ahora nada tiene que ver con el pasado más reciente. En el mes de abril del confinamiento fallecieron 127 personas en Balears. En enero del año siguiente, cuando se empezó, tímidamente, la vacunación, murieron otras 142, siendo el mes más fatídico de la pandemia. Este año, con los coletazos de la variante delta y la explosión de casos de la cepa ómicron, enero volvió a rebasar el centenar de víctimas (117). Muchos consideraron que el cambio de estrategia tras este contexto era prematuro. Sin embargo, desde entonces, la mortalidad ha ido a la baja y, pese al golpe de la silenciada séptima ola de este verano, los ingresos han complicado las plantas hospitalarias pero no han amenazado las preciadas UCI.

2 Prioridad: proteger a la población de riesgo

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Algunos expertos auguraron que la llegada de ómicron podría poner fin a la pandemia. Lo cierto es que con esta nueva variante (más contagiosa pero de efectos más leves) y con una población más inmunizada, llegaron los cambios. Desde finales de marzo la incidencia de casos sólo tiene en cuenta a los mayores de 60 años. Además las autoridades dejaron de hacer pruebas diagnósticas al grueso de la población. Sólo embarazadas, pacientes oncológicos o profesionales de residencias y sanitarios estarían sujetos a control. El resto iba a ciegas. Con el único respaldo de los test de antígenos de las farmacias a precio regulado Sanidad dijo: «gestionad vuestra enfermedad». Y tras el alboroto inicial, la población ha aprendido a hacerlo. En caso de positivo, vida normal y mascarilla diez días

3 Lo que viene: mascarillas y la cuarta dosis

Los transportes colectivos y los centros sanitarios todavía exigen el uso de la mascarilla y lo más probable es que eso no cambie en un plazo corto de tiempo. Si algo se sabe es que los lugares cerrados y con poca ventilación facilitan los contagios y no hay que olvidarse de proteger, en la medida de lo posible, a la población vulnerable. La vacuna, la más valorada medida de protección, también seguirá. Pero si en Balears apenas el 62 % de los vacunados se ha puesto la tercera dosis, poco entusiasmo generará una cuarta. Tampoco hará falta, los expertos esperan a que llegue la vacuna actualizada y proponen administrarla a los mayores de 60 años. Se ha dicho, aunque todavía se desconoce, que la vacuna de la COVID podría ser estacional y suministrares con la de la gripe.

4 Las amenazas que continúan

Los expertos siempre lo dicen: no hay que confiarse. Los virus pueden mutar y si bien se espera de ellos que mantengan la tendencia de ser más contagiosos y de consecuencias más leves, no hay una ciencia exacta y se debe seguir vigilando en todo el mundo. Por otra parte están las secuelas, se dice que entre un 10 y un 15 % de los infectados han desarrollado COVID persistente. Pero la resaca de la pandemia también se nota en el resto de patologías.